Cristo ha Resucitado─ ¿Y AHORA QUE?

Pascua 3, Iglesia de San Mateo & San Timoteo, Nueva York

Hechos 2:14a, 36–41; Salmo 116:1–4, 12–19; 1 San Pedro   1:17–23; San Lucas 24:13–35

Hace ya tres domingos que hemos estado escuchando historias de la resurrección. Historias de Pascua. Historias de los amigos de Jesús reaccionando a la inconcebible realidad de un Cristo resucitado.

Primero oímos de las dos Marías en la tumba. Juntas van al lugar donde fue enterrado Jesús tan solo para encontrar que la roca había sido movida, la tumba vacía y un ángel del Señor diciéndoles que Jesús se levantó y se fue para Galilea. Ese Jesús siempre andando por todas partes. No puede quedarse quieto. ¡Las mujeresestánaterrorizadas! No solamente su amigo está desaparecido del lugar donde lo colocaron pero también, sí lo que dice el ángel es cierto, su mundo ciertamente ha sido volteado al revés y Jesús ha derrotado la muerte después de haber estado muerto.

Luego escuchamos de Tomás nuestro escéptico amigo. Yo no sé ustedes, pero la historia de Tomás siempre me hace sentir un poquito mejor acerca de mí misma. Tomás como yo, en algunas ocasiones tiene sus dudas. Y sin embargo de todas maneras él es considerado como uno de los discípulos fieles a Jesús y más aún, consigue que se dedique una historia a su testarudez cuando Jesús, específicamente, se le aparece diciéndole pon tus dedos en mis heridas y tu mano en mi costado herido. Y tal como la Madre Carla nos recordó la semana pasada, es porque Tomás duda que más tarde él puede exclamar con confianza, “¡Mi Señor y mi Dios!”.

Eso nos trae a esta semana. Esta semana estamos en el camino a Emaús con Cleofás y su amigo─ ambos seguidores de Jesús. Ellos aparentemente pasaron el día entero con un Jesús irreconocible quien les descifra las escrituras y los llama “tontos” como en los viejos tiempos. Y no es hasta que Jesús parte el pan con ellos, que lo reconocen─ y luego él desaparece. Algunas veces nosotros cantamos algo de esto en la Eucaristía: “Los discípulos conocieron al Señor Jesús/en la partición del pan”. Y luego, ellos se miran uno al otro y dicen, “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros?” ¡Ay bendito! ¡Como pudimos ser tan majaderos!

Cada uno de estos acontecimientos habla de nuestra persistente y exuberante proclamación durante los cincuenta días de la Pascua:

¡Aleluya! ¡Cristo ha Resucitado!

¡Es verdad el Señor ha resucitado, Aleluya!

Solo que, las respuestas de María. Tomás y Cleofás no hacen eco a nuestras exclamaciones semanales. Si ustedes le fueran a decir a alguno de esos seguidores, “¡Aleluya! ¡Cristo ha Resucitado!” Probablemente ellos responderían: “¿Qué se supone que esto significa?” “¿Están seguros?” “! Ay Dios mío¡”

Y si nosotros tomáramos realmente en serio las exclamaciones semanales de Madre Carla, ¡Aleluya! ¡Cristo ha Resucitado! Quizás antes de poder decir, “¡Es verdad el Señor ha resucitado!” Nosotros, como los discípulos, necesitamos preguntar: Espera un momento… ¿Qué, qué pasó?
¿Cómo se hallan nuestras vidas después de la Pascua? Y no quiero únicamente decir, bueno ahora gracias al triunfo de Jesús sobre la muerte tenemos vida eterna, aunque claramente esa verdad por sí misma tiene enormes implicaciones. No, lo que quiero decir es cuál es el impacto hoy, de un Cristo resucitado. Y mañana. Y pasado mañana. Cómo se manifiesta ahora mismo la Pascua en mi vida diaria.

Cristo ha resucitado. ¿Y ahora qué?

Cristo ha resucitado. ¿Y ahora qué sigue?

Como María y María en la tumba vacía, necesitamos pensar por un momento para darnos cuenta, aun temblando, que nuestro mundo ha sido volteado al revés. La muerte no significa lo que solía significar. El Dios que adoramos es más poderoso de lo que solía significar una muerte “final” o “culminante”. Y nada puede separarnos del amor de Dios, ni siquiera la muerte. Jesús ha cambiado el mundo y no hay vuelta atrás.

Y como Tomás tocando las heridas de Jesús, necesitamos pasar un tiempo considerando qué tan loca es esta idea. En lugar de tan solo aceptar la resurrección como sí simplemente fuese un evento que recordamos cada Pascua, necesitamos enfrentarnos con las increíbles implicaciones del retorno de Jesús de la muerte, con sus manos, pies y costado heridos. Y después creerlo. Tenemos que identificar nuestras dudas antes de que podamos proclamar el misterio de nuestra fe.

Y finalmente, como Cleofás en el camino a Emaús, necesitamos continuamente ser instruidos por Jesús al tiempo que nuestros corazones arden dentro de nosotros.

Solamente en aquel momento podemos empezar a vivir la realidad cotidiana de la vida después de Pascua. Solo entonces, podemos vivir nuestras vidas como un pueblo que empieza a comprender el significado de un Jesús resucitado.

Pedro nos cuenta que es a través de Jesús que nosotros llegamos a confiar en Dios. Es mediante nuestro temor, duda, asombro y celebración de la resurrección de Cristo de la muerte que encontramos la fe y ponemos nuestra esperanza en Dios.

Y es en respuesta a esta verdad que tenemos lo que Pedro llama “auténtico amor muto” para que podamos “de corazón, profundamente amarnos los unos a los otros”.

Así es cómo se manifiesta la Pascua en la vida. Es así como se siente el “volver a nacer”, habiendo recibido el Espíritu Santo después de la resurrección de Cristo de la muerte. Primero viene la confianza en Dios, luego el amor auténtico. Primeo viene el forcejeo con el temor, la duda y el asombro para que podamos creer lo increíble con valentía y convicción; luego viene un amor que es tanto valiente como instrumento de cambio en nuestra vida.

Y ¿saben que he descubierto aquí en San Mateo y San Timoteo? Que tal como una fe audaz trae un amor autentico, lo mismo hace el auténtico amor por una fe audaz. Yo lo sé porque el amor que ustedes me han demostrado aquí, durante los dos pasados años, me ha dado una nueva audacia e intrepidez en la proclamación de mi fe en Jesús─ en inglés y en español. Este pos-resurrección-Pascua-valiente-auténtico-amor es una cosa que cambia la vida─ y yo lo sé porque su amor ha cambiado mi vida.

¡Es verdad el Señor ha resucitado, Aleluya!

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