Ser la resurrección

17 noviembre, 2013—Proper 28—Iglesia de San Mateo & San Timoteo, Nueva York

2 Tesalonicenses 3:6–13; San Lucas 21:5–19

Si están familiarizados con la historia de esta congregación, San Mateo & San Timoteo, conocen que el edificio de la iglesia ha sido destruido cuatro veces desde su incepción en 1797.  Este mismo edificio en el cual nos sentamos ahora fue reconstruido en 1969  después de haber sido quemado en 1965.

Si han estado aquí en los últimos 15 años, ya saben que el barrio y la congregación han visto mucho cambio.  Hace menos de 2 años que estoy aquí, pero las 5 semanas pasadas, he escuchado las historias de varias personas en esta iglesia durante nuestras reuniones hablando del libro “Radical Welcome.”

Lo que he aprendido de todos ustedes es que esta iglesia era un lugar seguro cuando había demasiado peligro en el barrio.  Que a un tiempo no se podía caminar desde Columbus Avenue hasta Amsterdam a menos que primero anda unas cuadras al norte o el sur para eludir las drogas y la violencia.  En este tiempo, San Mateo & San Timoteo era un refugio de celebración, adoración, estudios, lenguas y relaciones.

El barrio es un lugar más seguro ahora, pero con el aumento de seguridad viene el aumentado de rentas—hasta que algunos son obligados a irse, o a quedarse, pero se sienten como extranjeros.  Y los cambios han tenido graves consecuencias para nuestro hogar espiritual también.  Miramos alrededor y nos sentimos anémicos—nostálgicos de los días cuando los servicios eran ruidosos con niños y los bancos estaban llenos de amigas.

Nosotros no somos muy diferentes al escritor del Evangelio de San Lucas y la gente que lo habría oído primero.  No se conoce la fecha exacta de este Evangelio, pero muchos estudiosos creen que fue escrito después de la destrucción del templo descrito en nuestra lectura de hoy.  Así que, mientras que Jesús predice la destrucción del templo, la narración de San Lucas está escrito en forma retrospectiva.

Y si la destrucción del templo no era suficiente ya, los versículos inmediatamente después de la conversación de la lectura de hoy hablan de un cambio serio en el barrio—el imperio de los gentiles en lo que era una tierra judía.

El punto es: este mensaje es para nosotros.  Este evangelio es el nuestro.

Jesús dice que el edificio del templo será destruido, cuando no quedará ni una piedra sobre otra.  Esta iglesia ha visto lo mismo.

Dice que nos encontraremos con falso maestros que nos llevan por mal camino.  Nuestro mundo ha conocido muchos.

Dice que las naciones y reinos estarán en guerra, uno con el otro.  Los veteranos que honramos esta semana pueden hablar sobre esa verdad.

Advierte de las epidemias y los desastres naturales.  Recordamos el huracán Sandy el año pasado mientras que oramos por las víctimas de tifón de esta semana en las Filipinas.

Advierte de la traición  del odio y la muerte—una amenaza cada día.

Y aún todo esto, Jesús dice que no pereceremos.  Perduraremos.  Y nos dice que esta es nuestra oportunidad para testificar.

No es fácil dar testimonio cuando el templo está en ruinas y su comunidad es un remanente fiel entre extraños.

Y no estoy tratando de decir que nuestra iglesia ha caído y nuestros vecinos son enemigos.  Esta comparación no es perfecta—y gracias a Dios que no lo es.  Pero es una oportunidad para reconocer los desafíos del tiempo de Jesús y de nuestro propio tiempo, y a escuchar el llamado de Jesús en medio de todo, que nosotros somos la gente de resurrección que proclaman una historia de la resurrección.

Es más fácil testificar cuando las cosas van bien, cuando nos sentimos fuertes y seguros.  Digo a la gente todo el tiempo que yo trabajo en la mejor parroquia con la mejor mentora.  Digo a personas lo maravilloso que son todos ustedes y cómo bienvenida todos me hacen sentir.  Yo les digo que buen trabajo puedo hacer aquí—como trabajar en el “Soup Kitchen” el año pasado, predicar en dos idiomas, facilitar un estudio de libro.  Para mí, haber estado aquí sólo 18 meses en lugar de 18 años, es fácil apreciar el ministerio vibrante de San Mateo & San Timoteo.

Pero tenemos que testificar cuando nos sentimos débiles también, y puedo entender cómo aquellos que han experimentado la transición en nuestra comunidad y en nuestra iglesia pueden sentirse que el testimonio es un trabajo duro.

La carta de Pablo a los Tesalonicenses habla de trabajo duro.  Casi parece que está escribiendo a los empleados de un negocio, pero realmente está hablando a los cristianos en la iglesia primitiva.

Mi frase favorita es, “Pero hemos sabido que algunos de ustedes llevan una conducta indisciplinada, muy ocupados en no hacer nada.” Notan que Pablo no equiparar ser ocupado con trabajo.  Los Tesalonicenses aparentemente estaban muy ocupados en su ociosidad.

Nueve York es un lugar muy ocupado—te lo dice como alguien que claramente no es de aquí.  Mi nivel de actividad ha llegado a el punto más alto, y supongo que se deben sentir muy ocupados como yo.  A veces, estoy tan ocupada que no puedo hacer cualquier trabajo.

Estos son algunos ejemplos:

Cuando estoy tan ocupada preocupada por un examen que no me puedo concentrar en el estudio que debo hacer.

Cuando estoy tan ocupada escribiendo un sermón que olvido escuchar al Espíritu Santo.

Cuando un seminario está tan ocupado por la banca rota que se olvida que es una extensión de la iglesia primero y un negocio segundo.

Cuando estamos tan ocupados preparando la comida para “Soup Kitchen” los domingos que olvidamos de preparar nuestros corazones para servir al prójimo con dignidad y amor.

Cuando estamos tan ocupados extrañando a tal persona que no viene a la iglesia que olvidamos llamar a esta persona para saber como está, o olvidamos preguntar como está la persona que está aquí, presente con nosotros.

A veces estamos tan ocupados lamentando la destrucción del templo que olvidamos a testificar a la promesa de la resurrección.

A veces personas me preguntan por qué estoy entrenando para ser sacerdote cuando iglesias por todas partes están experimentando decaencia.  ¿Dónde está la seguridad del empleo en esto?

La verdad es que estoy entrenando para ser una sacerdote en una iglesia que predica la resurrección—Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo volverá.  Practicamos la resurrección cada vez que venimos a esta mesa para recibir el cuerpo roto de Cristo, y practicamos la resurrección cuando nos convertimos en lo que recibimos—Cristo vivo en nosotros, en nuestra iglesia, en el mundo.

Y es cierto que nos sentimos débiles a veces.  Pero aquí es donde venimos para la comida espiritual que necesitamos para resistir.  No para ser ocupados, pero para ser testigos de un Cristo resucitado.

En unos momentos preparamos esta mesa para nuestra comunión—todos juntos.  No importa si usted está el el altar o en un banco, eres integral en compartir el cuerpo de Cristo.  Juntos profesamos una fe audaz y rezamos oraciones audaces.  Su testimonio es tan importante como la mía, o de diácono George, o de Madre Carla.  Este es nuestro trabajo.  Pero no es el punto final de nuestro trabajo.  Testificamos a un Cristo resucitado en estas paredes juntas, y luego seguimos dando testimonio cuando vamos adelante en el mundo.

Jesús nos dice: “Esto le dará la oportunidad de testificar.”  Señor, ayúdanos ver las oportunidades aquí entre nosotros.  Ayúdanos a ser la iglesia resucitada.  Amén.

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